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"Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente": cuando los refranes criollos nos enseñaron a cocinar y a vivir

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"Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente": cuando los refranes criollos nos enseñaron a cocinar y a vivir

Hay una clase de sabiduría que no se enseña en ninguna escuela y que, sin embargo, casi todo el mundo en América Latina ha recibido en algún momento de su vida. No llega en libros ni en conferencias. Llega en una cocina, de boca de alguien mayor, mientras se revuelve una olla o se amasa un pan. Llega como refrán.

Los proverbios populares de la cultura criolla tienen una característica fascinante: muchos de ellos nacieron directamente del fogón. Sus imágenes son culinarias, sus metáforas huelen a guiso, y sus lecciones, aunque aparentemente simples, contienen una densidad filosófica que todavía sorprende cuando uno se detiene a analizarla.

Este ensayo es un intento de hacer exactamente eso: detenerse, escuchar con atención, y entender qué nos estaban enseñando realmente esas frases que repetíamos sin pensar demasiado.

La paciencia como ingrediente

Pocos conceptos son tan centrales en la cocina criolla como el tiempo. No el tiempo del reloj, sino el tiempo vivido, el tiempo que se siente en la mano que revuelve y en el ojo que vigila el color del aceite.

«El que espera, desespera... pero el que no espera, arruina el guiso.» Esta variante popular, que circula en distintas formas por Colombia, Venezuela y el Caribe, captura perfectamente la tensión que vive cualquier cocinero: la ansiedad de querer que las cosas estén ya, enfrentada a la realidad de que ciertos procesos simplemente no se pueden apresurar.

El fondo de res que se hace en dos horas no tiene la misma profundidad que el que se hace en cuatro. El mole que se prepara en un día no alcanza la complejidad del que madura durante dos. La cocina criolla, en su sabiduría acumulada, entendió antes que cualquier nutricionista o chef de vanguardia que el tiempo no es un obstáculo: es un ingrediente.

Y lo que aplica al guiso aplica a la vida. «El palo que nace torcido, tarde se endereza», dice otro refrán que en su origen describe la madera usada para el fogón pero que la cultura popular extendió a la educación, al carácter, a los hábitos. La cocina fue siempre una metáfora del mundo.

El fuego y sus lecciones

El fuego es uno de los grandes maestros de la cocina criolla, y los refranes que lo invocan son numerosos. «A fuego lento, todo llega», es quizás el más conocido, pero hay variantes regionales que añaden matices importantes.

En algunas zonas de México se dice: «El que quema el frijol por prisa, come piedras por castigo.» La imagen es concreta, casi cómica, pero la lección es severa: la impaciencia tiene consecuencias reales. No metafóricas. El frijol quemado no se arregla con buenas intenciones.

En el Cono Sur circula una versión más elegante: «Brasas vivas, cocina sabia.» El buen cocinero no trabaja con llamas incontrolables sino con brasas bien administradas, sostenidas, predecibles. La sabiduría no es el furor sino la constancia. Otra vez, la cocina como filosofía de vida.

Hay también refranes que advierten sobre el exceso. «Mucho fuego, caldo amargo» es una de esas frases que las abuelas decían con una seriedad que iba más allá de la técnica. Podía aplicarse al temperamento («no te calientes tanto que te amargues»), a las relaciones («el amor que arde demasiado pronto se consume») o a la política, ese otro guiso que siempre corre el riesgo de pasarse.

El sazón como carácter

Uno de los conceptos más interesantes del vocabulario culinario criollo es el «sazón», esa cualidad casi mística que se le atribuye a ciertos cocineros y que va más allá de la técnica. El sazón no se aprende en cursos: se tiene o no se tiene, aunque puede desarrollarse con el tiempo y la práctica.

Los refranes sobre el sazón son reveladores porque colocan la cocina en el terreno de lo personal, lo íntimo, lo irreproducible. «Cocinero que no prueba, plato sin alma» es uno de ellos. La acción de probar mientras se cocina no es solo control de calidad: es compromiso, presencia, atención plena.

Otro refrán que circula en comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano dice: «La mano que cocina con rabia, alimenta con tristeza.» Esta frase, que podría sonar a creencia supersticiosa, contiene en realidad una observación psicológica sofisticada: el estado emocional de quien cocina afecta la manera en que trata los ingredientes, el cuidado con que sigue los tiempos, la atención que presta al proceso. Un cocinero perturbado es un cocinero descuidado. Y el descuido se nota en el plato.

Los dichos de la proporción y el equilibrio

La cocina criolla es, en buena medida, una cocina de equilibrios. Equilibrio entre lo picante y lo dulce, entre lo ácido y lo salado, entre la contundencia y la ligereza. Y los refranes lo reflejan.

«Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre» es un dicho de origen religioso que pasó a la cocina con toda naturalidad. Se usa para hablar de la cantidad de sal, del nivel del fuego, de la proporción de especias. Pero también se usa en la vida cotidiana para hablar de moderación en general: ni demasiado ni demasiado poco.

«El que mucho abarca, poco aprieta» tiene su versión culinaria en: «La olla que quiere cocinarlo todo, no cuece nada bien.» En la cocina criolla, intentar hacer demasiado al mismo tiempo es garantía de que nada saldrá bien. Mejor dominar un platillo que intentar cinco a medias.

Esta filosofía del enfoque y la moderación es profundamente criolla: nace de comunidades que cocinaban con lo que tenían, que no podían permitirse el desperdicio, y que aprendieron a valorar la profundidad sobre la cantidad.

Los refranes que ya no se dicen

Hay una melancolía en este recorrido que no se puede ignorar. Muchos de estos refranes están desapareciendo. Las nuevas generaciones crecen en cocinas donde el microondas reemplazó el fogón y donde los tutoriales de YouTube ocupan el lugar de la abuela que cocinaba y enseñaba al mismo tiempo.

No se trata de condenar la modernidad. Se trata de reconocer que con los refranes se va también una manera de ver el mundo: una filosofía práctica, encarnada en el cuerpo y en el cotidiano, que no necesitaba de abstracciones para transmitir verdades profundas.

Recuperar esos dichos no es nostalgia vacía. Es arqueología cultural. Es entender que nuestras abuelas, sin saberlo, fueron filósofas del fogón, pensadoras que codificaron en frases cortas y memorables todo lo que necesitaban transmitir sobre cómo vivir bien, cocinar bien y tratar bien a los demás.

El refrán como receta de vida

Al final, lo que hace tan poderoso al refranero criollo de la cocina es su doble naturaleza: es instrucción técnica y es sabiduría existencial al mismo tiempo. No hay separación entre el consejo culinario y el consejo vital porque, en la tradición criolla, nunca existió esa separación.

Cocinar bien era vivir bien. Tratar los ingredientes con respeto era tratar a las personas con respeto. Tener paciencia con el guiso era tener paciencia con el mundo. El fogón no era un lugar de trabajo: era una escuela.

Y los refranes eran el currículo. Breve, memorable, eterno. Tan vigente hoy como el día en que alguien lo dijo por primera vez, seguramente mientras revolvía una olla y miraba de reojo a quien tenía al lado, esperando que la lección llegara antes de que se enfriara el caldo.

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